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jueves, 10 de septiembre de 2009

En un pueblo sin rio, en un pueblo con pozos...

... donde todo el mundo bebe el agua con temor de morir envenenado.

Acabo de llegar a casa tras una velada que recordaré durante mucho tiempo y que, gracias a este espacio, voy a compartir con vosotros: tiempo llevaba esperando para reunirme fuera de la Casa de la Radio con mi amiga Berta y qué mejor lugar para hacerlo que en las fabulosas Naves del Español, en Matadero Madrid. A los dos nos habían llamado Almudena y Belén, que se encargan de la comunicación del teatro que dirige Mario Gas, para que acudiésemos a una función previa de ‘La casa de Bernarda alba’, versión Lluís Pasqual –decir que Federico García Lorca nos legó esta obra patrimonio de todos es muy obvio, aunque acabo de caer en mi propia trampa: ya lo he dicho-.


Que dificil debe de ser para un atleta como la pertiguista rusa Yelena Isinbayeva ponerse el listón cada vez más alto. Esto mismo se puede extrapolar al caso de un actor, que lo consigue cuando logra aportarle credibilidad a una historia, dotarla de verdad y vivirla como si fuera nueva para él y para nosotros. Eso es lo que han hecho un par de horas atrás Nuria Espert, Rosa María Sardá y el resto de actrices: emocionarnos durante hora y media y no sabéis cuanto. Como ‘premio’ al arte bien hecho han tenido que salir a re-encontrarse con el público hasta en cinco ocasiones.

El hecho teatral es el instante, pero en un único momento fugaz se pueden atrapar sensaciones y recuerdos: yo he vuelto atrás, hasta mis tiempos de C.O.U., cuando una profesora enamorada del texto de Lorca nos desmenuzó ‘La casa de Bernarda Alba’ (la excusa era prepararnos para Selectividad; el motivo, hacernos valorar la palabra bien escrita por encima de todo).

El 19 de junio de 1936 García Lorca terminó de escribir lo que acabaría siendo bastión de nuestro teatro tan sólo tres meses antes de ser asesinado en el granadino Barranco de Víznar. El que llegó a presagiar su pronta muerte (‘mi corazón reposa junto a la fuente fría’) apenas tuvo tiempo de verla en escena. En cambio nosotros hemos podido disfrutar de muchísimas revisiones (y versiones), en teatro y cine, no me olvido por ejemplo de la que hizo Mario Camus, con Irene Gutierrez Caba, Ana Belén, Florinda Chico, Enriqueta Cabelleira, Vicky Peña, Aurora Pastor y Mercedes Lezcano.

Sigamos con el teatro: en 2007 Amelia Ochandiano afrontaba una escenificación de Bernarda, sus hijas y sus criadas (Margarita Lozano, María Galiana, Ruth Gabriel...), sencilla y sin adornos, un montaje que no pretendía –ni podía- revolucionar. La pieza tenía para la directora una excelente carpintería teatral: todos los personajes evolucionan y se expresan con un lenguaje inusual, dramático y poético. No sintió la necesidad de añadir nada al texto que pudiera deformar el mensaje. Sólo quería disfrutarlo y que nosotros lo hiciéramos con ella y sus diez mujeres, las de Lorca.

Pasqual ha hecho algo por estilo en esta producción: ha aprovechado la palabra bien escrita, ha contado con actrices para que la digan con fuerza y se ha despojado de artificios innecesarios y adornos... ¿He dicho que hemos estado aplaudiendo casi cinco minutos? Sí, sí que lo he dicho... ¿He mencionado que estarán hasta el 25 de octubre en Madrid? Eso creo que no. Aún así, hagámosle caso a Bernarda al menos una vez cuando grita, desgarrada: ‘Silencio. Silencio, he dicho’.


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