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domingo, 23 de agosto de 2009

Carta abierta a todos los corintios y las medeas (o cómo hacer historia en Mérida)



En algún momento de nuestras vidas todos hemos tenido algo de corintios; muchos han sido –y seguirán siendo- medeas a la fuerza... Os preguntaréis de qué estoy hablando, yo os lo cuento: hace unas horas, una nodriza helena con el rostro y la voz de Julieta Serrano y un centauro que recordaba bastante a Asier Etxeandía me contaron la historia de Medea; la aprehendí yo y tres mil personas más, los que ocupábamos las gradas del fantástico Teatro Romano de Mérida.






Eurípides se encargó de que supiéramos de su existencia; han ido encargándose de recordarnos que sigue viva Séneca, Ovidio, Corneille, Grillparzer, Anouilh, Pasolini, Theodorakis y ahora Livija y Tomaz Pandur y Darko Lukic. Al menos desde hace hace tres mil noches y un día lleva vagando por el mundo –y acudiendo a su cita- la mujer enamorada, humillada, traicionada, vengativa, abandonada, sometida, desgarrada, sedienta de triunfo, sincera... Esta vez, la convocatoria-espectáculo está orquestada por Pandur quien se contiene en sus excesos y desborda el torrente anegando, para bien, orígenes, referencias y recuerdos. Los argonautas y las mujeres de la Cólquide, Jasón (Alberto Jiménez) y Medea se encadenan a la música compuesta e interpretada por el grupo Silence, que nos lleva hasta los Balcanes, por donde pasa ‘este viaje de las leyendas doradas desde el este hasta el universo’.



Para que haya un héroe tiene que existir una tragedia; para que haya un teatro de calidad, son necesarios héroes-creadores-comunicadores que se despojen de lastres innecesarios y ahí está, entre unos cuantos elegidos, ella: Medea-Portillo. Del mito no diré más, del montaje menos -quiero que, si podéis, gocéis de él vírgenes-, de la actriz tampoco, tan sólo que mi primo Carmona, cuando terminó la representación, alzó la voz: ‘no dices nada de tu Blanca’; ‘qué voy a contar, si está por encima de todo’, le respondí... Y es verdad: la mochila de la madrileña está repleta de momentos teatrales como La hija del aire, de Calderón y bajo la dirección de Jorge Lavelli, Mujeres soñaron caballos, de Daniel Veronese; Afterplay, la aventura que realiza junto a su socio Helio Pedregal; la dirección de Share 38 y Siglo XX... Que estás en los cielos; Barroco y Hamlet, sus dos anteriores colaboraciones con Tomaz Pandur y un sinfín de recuerdos más que han resistido a lo efímero de la escena del mismo modo que la Xirgu, la Espert y la propia Portillo.



Por unos días la apátrida Medea ha encontrado su tierra, el festival que se clausura por este año el 30 de agosto –con lleno absoluto- y el que tiene como sede principal un teatro que merece esa etiqueta que solemos colgar de manera apresurada, la de ‘marco incomparable’... Con Blanca dentro de ese marco.






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