La polémica está servida: los críticos se preparan para merendarse a Sofia Coppola y sólo ustedes pueden salvarla de la guillotina. Eso si les convence su cuarto largometraje.Después de experimentar junto a su padre y Woody Allen en Historias de la ciudad, darse a conocer con Las vírgenes suicidas (1999) y demostrar su solvencia como realizadora en Lost in traslation (2003), la neoyorquina con cine en las venas pone su mirada en la aristocracia francesa del siglo XVIII.
Caprichosa, irreverente, pomposa y heterodoxa...
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