Su recorrido por la memoria y la infancia consigue dibujar sonrisas y sacar alguna que otra lagrimita. Con Espinete no existe invita a disfrutar de sensaciones que son patrimonio de todas las generaciones y afronta la dura tarea de convertir los bajos del Teatro Gran Vía en una islita en medio del inmenso océano donde sólo hay grandes espectáculos. A fuerza de constancia ha conseguido reestrenar montaje propio donde se revela como artista integral (director, intérprete, productor y guionista). Tiene ganas de explorar aunque sólo con una cosa clara: no se considera actor sino comunicador. Lo corrobora su trayectoria en el viejo oficio del contador de historias.
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